En búsqueda de la longevidad: la primera generación de los 100 años

Estado

Cuando llegamos a California hacia fines de los 90, nos propusimos encontrar un apartamento que estuviera ubicado en una zona con buen distrito escolar y a distancia razonable de nuestros respectivos lugares de trabajo. Luego de ver varias unidades y considerar distintos barrios, decidimos alquilar un apartamento en un complejo  compuesto de 1000 unidades, dotado de varias canchas de tenis, piscinas, gimnasio, un lago artificial y un edificio dedicado a actividades sociales. Al poco tiempo de habernos mudado nos dimos cuenta de que el complejo era una especie de reducto de octogenarios a quienes, con frecuencia, se los veía caminar parsimoniosamente alrededor del lago o disfrutando de las aguas vaporosas de un jacuzzi contiguo a una de las piscinas.

Hidekichi Miyazaki

Hidekichi Miyazaki, 105 años.

Cada vez que veíamos una persona mayor, especialmente cuando aparentaba ser de edad muy avanzada, nos preguntábamos cuál sería su edad. “Creo que más de 90”, decía mi esposa. “¿Te parece que podría tener 95?”, le preguntaba. “Es probable ya que a duras penas puede desplazarse por sus propios medios”, respondía. ¿Habrá alguien de 100 años en este lugar? Este tipo de diálogo lo habremos repetido un par de decenas de veces en los 14 años que vivimos en aquel complejo.

Lo cierto es que el número 100, cuándo se refiere a la edad de una persona, parece tomar la apariencia de un muro infranqueable. Sin embargo, las estadísticas muestran que esa percepción cambiará rápidamente ya que desde el año 1990 la cantidad de personas centenarias viene duplicándose cada 10 años. Estudios efectuados por las Naciones Unidas indican que en el año 2015 había casi medio millón de centenarios en el mundo y se estima que para el año 2050 habrá más de 3,5 millones. Ver figura 1.

La población de los centenarios

Figura 1. Población mundial de centenarios.

El incremento en el número de centenarios es una consecuencia directa del aumento de la expectativa de vida del ser humano, la cual viene creciendo a un ritmo de 2 a 3 meses por año desde la segunda mitad del siglo 19. Conviene aclarar que la expectativa de vida (o esperanza de vida) se refiere a la edad promedio a la cual se cree que la persona va a morir, al momento de nacer. En el presente, la expectativa de vida de quienes nacen en los países del primer mundo es, aproximadamente, de 80 años y se espera, según proyecciones de la Oficina Nacional de Estadísticas de Gran Bretaña (ONS), que la próxima generación de bebés vivan en promedio 100 años. Ver figura 2.  Como sabemos, las predicciones no siempre se cumplen, especialmente cuando los modelos matemáticos que se usan son incorrectos o cuando algunos de los factores que se consideran varían mucho más de lo esperado.

El aumento de la expectativa de vida obedece por un lado, a una mejora en la nutrición, la educación, el estilo de vida y el saneamiento, y por otro, a los progresos de la medicina. De todos los factores que influyen en la predicción de la expectativa de vida de futuras generaciones, quizás el más impredecible sea el relacionado a los progresos de la medicina. De la misma forma en que es muy difícil que alguien en la década del 70 hubiera podido predecir el estado actual del sistema de comunicaciones (internet, telefonía, etc.), es muy difícil que alguien (en el presente) pueda predecir con certeza el grado de avance de la medicina en el año 2050. Hasta el momento la investigación biomédica se ha enfocado principalmente en el estudio y el desarrollo de tratamientos que curen o alivien los síntomas de las enfermedades con mayor impacto en la salud de la población.

Espectativa de vida de futuras generaciones

Figura 2. Proyección de la espectativa de vida en Gran Bretaña según la ONS.

No existen dudas de que la estrategia de la medicina moderna ha brindado y brinda mejoras en la salud de la población, sin embargo, con miras a una población de mayor edad, la validez de esta estrategia es cuestionable. Si se quiere, el talón de Aquiles radica en que con la táctica actual de la medicina la gente vivirá en promedio más años a costa de depender de un número creciente de fármacos, la mayoría de ellos para tratar las enfermedades asociadas con la vejez.

Los avances en el entendimiento de la biología del envejecimiento son tales que alientan a pensar que las enfermedades propias de la vejez se podrían prevenir o demorar su aparición si se encuentra la forma de ralentizar el mecanismo molecular que conduce a la senectud. Hasta hace poco, prevalecía la idea de que la longevidad máxima era una característica inalterable de cada especie, sin embargo, hoy se sabe que la misma es modificable a través de intervenciones genéticas, nutricionales o farmacológicas.

Al día de la fecha se logró un aumento en la longevidad en diversas especies animales (desde invertebrados a mamíferos). En el caso particular del ratón, ya se desarrollaron, al menos, doce métodos que mejoran sustancialmente su longevidad. Estos resultados nos permiten ser optimistas y suponer que el mismo efecto debería observarse en humanos. De hecho, los expertos en el área del envejecimiento no han encontrado argumentos sólidos que invaliden esta suposición.

De todas las estrategias conocidas para aumentar la longevidad en animales, la intervención farmacológica resulta, por el momento, la más fácil de llevar a cabo en humanos. Si proyectamos a nuestra especie los resultados obtenidos en animales, la longevidad máxima del grupo tratado (estimada inicialmente en los 125 años) podría verse incrementada en 10 años y, en la misma proporción, su expectativa de vida. Dependiendo de cuando salgan al mercado los primeros fármacos antienvejecimiento recién lograremos determinar si la generación de centenarios continúa siendo la que predijo la ONS o se adelanta en una generación.

A pesar de que los datos disponibles alientan a ser optimistas, un medicamento antienvejecimiento tendrá que sortear una serie de dificultades tanto a nivel técnico como regulatorio antes de llegar al mercado. Un fármaco de la longevidad, para que tenga un impacto sustancial en la expectativa de vida de la población, debería reunir (y quizás superar) algunas de las propiedades que le permitió a la aspirina convertirse en el producto farmacéutico más exitoso que se conoce hasta el día de la fecha, es decir, mostrar eficacia a baja dosis, con muy pocos efectos indeseables y fácil de producir en grandes cantidades.  Lograr esto no será una tarea sencilla como tampoco lo será poder convencer a los entes reguladores del “valor” terapéutico de un medicamento que no intentará curar sino prevenir enfermedades y que irá dirigido a una franja amplia y sana de la población (en caso de no considerar a la vejez como una enfermedad).

A nivel práctico, parte de la dificultad obedece a que la aprobación del fármaco requeriría “idealmente” del apoyo de datos provenientes de estudios clínicos muy prolongados (30-40 años), con una cantidad numerosa de sujetos (en el orden de los miles). Lo más probable es que las empresas farmacéuticas intenten primero lograr la aprobación de sus productos para un grupo específico de la población basados en resultados que demuestren que logran aumentar la longevidad y la calidad de vida o que logran una demora en la aparición de los males asociados con la vejez como el alzhéimer, cáncer y enfermedades cardiovasculares, entre otras.

En la próxima entrada es mi intención escribir sobre dos de los compuestos más prometedores que existen actualmente en el area del envejecimiento: la rapamicina y la metformina. Como verán, estos dos fármacos (o los compuestos estructuralmente relacionados) podrían ser los primeros en usarse en estudios de longevidad en humanos.

 

 

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