El médico de los quince gatos

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             Este escrito va en homenaje a quien fue una gran persona, médico y amigo

Quizás el aspecto más interesante de tener un blog es que uno puede escribir y llegar a una cantidad considerable de personas sin la necesidad de que el escrito pase por un proceso de revisión exhaustiva como ocurre en el caso de la escritura de un libro. De esa forma el blog provee de una línea de comunicación directa, sin censura, entre el que escribe y el lector. Este hecho permite que en el mundo de los blogs circule una gran cantidad de información a través de anécdotas e historias las cuales, de otro modo, quedarían circunscriptas a un grupo reducido de personas.

lago Nahuel Huapi

Lago Nahuel Huapi. Este es el paisaje que cautivó a Daniel.

Hoy, haciendo uso de las ventajas de este blog, no voy a hablarles de ciencia sino a contarles la historia de un médico (como verán, muy particular) que usó desinteresadamente sus conocimientos para ayudar a los habitantes de un pueblito del sur de Argentina. Esa persona fue Daniel Barabino, un amigo y médico rural que le dedicó 24 años de su vida a atender pacientes en Dina Huapi, en una pequeña sala que hoy lleva su nombre.

El gordo, un amigo de la infancia

Dado su complexión robusta y poco atlética, de niño, Daniel ya se había ganado el mote de “el gordo”. El gordo contaba con una inteligencia por encima del promedio ya que era capaz de aprender la lección del día en los 10 minutos que duraban los recreos. En los exámenes, muchas veces era uno de los primeros en terminar, sin embargo, salía del aula luego de asegurarse de poder ayudar al último de sus compañeros. De personalidad agradable y reservada, el gordo pasó mayormente desapercibido en un grupo de jóvenes donde los valores se medían en base a los logros deportivos y las conquistas femeninas.

Daniel Barabino

Daniel Barabino

Pese a ser un ávido lector, nunca destacó en los estudios ya que en vez de estudiar la materia del próximo día, prefería informarse sobre otros temas. Uno de ellos fue el ferrocarril. Uno bastaba con entrar a su dormitorio para darse cuenta de la gran pasión que tenía por ese tema. En vez de tener afiches o fotos de actrices y deportistas de fama como cualquier muchacho de su edad, el gordo tenía empapelado su dormitorio con fotos de los distintos modelos de locomotoras. Sabía cuántos motores tenía, la velocidad y capacidad máxima de empuje de cada una de ellas.

estacion timbues

En esta estación, Daniel pasó horas viendo pasar trenes.

Su locura por los ferrocarriles lo llevó a que los fines de semanas se suba a algún tren lechero (de esos que paran en cada estación) y recorra tres o cuatro pueblos de la zona. Se bajaba en algunas estaciones, se sentaba y disfrutaba viendo pasar los trenes cargueros. Miraba hacia el horizonte y me decía, si no viene con retraso, el tren que se acerca debería ser el Estrella del Norte. Enano (así me llamaba), de grande me gustaría ser guarda y viajar en el furgón de cola, me decía.

El primer indicio

Cursamos juntos desde el tercer grado de la primaria hasta el quinto de la secundaria. El optó por estudiar medicina en tanto yo me orienté hacia la química industrial. A partir de ahí tomamos rumbos diferentes, hecho que llevó a distanciarnos con el tiempo. Camino a la universidad, de vez en cuando nos encontrábamos en el ómnibus que nos llevaba (desde San Lorenzo) hasta Rosario, un centro de estudios importante de la zona. Cursando su último año de medicina, un día lo crucé en el pueblo y me dijo que había decidido seguir la especialidad de médico generalista en Bariloche, la ciudad turística más importante del sur argentino. En su momento me pareció una decisión lógica de su parte ya que su aspecto poco ortodoxo y su desapego total hacia lo material no lo convertían en el candidato ideal para triunfar en zonas donde la competición entre médicos es elevada.

El reencuentro

En el año 2007, veinticinco años luego de nuestro último encuentro, estando de vacaciones con mi hermana en Bariloche decidimos ir a visitarlo, pese a no tener su teléfono ni conocer su domicilio. Asumimos que siendo el médico de un pueblo tan pequeño como Dina Huapi (3500 habitantes), alguien podría aportar algún dato que nos ayude a localizar su casa. La primera ayuda la obtuvimos del dueño de un almacén. El doctor vive al otro lado de la ruta, a un kilómetro y medio, dijo el hombre. Comenzamos a andar por los caminos pedregosos y polvorientos del pueblo y cuando vimos que las casas raleaban demasiado, preguntamos a un hombre que venía en bicicleta. Sí, como no, dijo. “Tomen la próxima cortada hacia la izquierda y métanle aproximadamente 500 m. Es una casa blanca. No podrán confundirse ya que es la única”, concluyó el aldeano.

La sala de atención de Dina Hupai

Centro de salud de Dina Huapi.

En efecto, a 500 metros de la cortada, una casa blanca y humilde destacaba al pie de una colina. Imposible de perdérsela. Nos detuvimos, golpeamos las palmas y esperamos respuesta. Enseguida salió un hombre que parecía, al menos, 10 años mayor de lo esperado. Su obesidad, calvicie y barba blanca larga hasta el pecho, lo convertía en un personaje que parecía sacado de un cuento. ¡Hola gordo!, le dije. Esa frase debió tomarlo por sorpresa porque detuvo su marcha a cinco metros de nosotros, se puso de costado y escudriñando a través de su ojo derecho nos inspeccionó unos segundos. ¿No nos conoces?, le pregunté. Luego de mirar a mi hermana y señalándome, dijo: el enano. Luego de unas risotadas, nos dimos un abrazo que duró varios segundos.

Una vez en su vivienda, lo que primero que me llamó la atención fue la gran cantidad de gatos. ¿Tienes 20 gatos?, le pregunté. “No, son 15, solo que parecen más porque se mueven mucho. Son mi única compañía”, dijo. Nos ofreció una cerveza fresca lo que sirvió para matizar una charla que duró cerca de 3 horas. Allí me enteré que hacía poco tiempo había despertado en el suelo bañado en sangre. En un principio no supo a quién pertenecía esa sangre pero rápidamente supo que era de él. Aparentemente había sufrido un desmayo causado por un accidente cerebro vascular, había caído y golpeado la frente contra el canto de la chimenea. Estuvo casi 24 horas desmayado y cuando se dio cuenta que no había ido a trabajar, se envolvió la cabeza con un pañuelo y fue así al dispensario. Ese hecho dejó en evidencia que el gordo no iría a vivir mucho ya que a su obesidad se le sumaba el asma y la tensión arterial elevada.

El centro de salud recibe su nombre.

El centro de salud recibe su nombre.

En uno de mis intentos por entender su decisión de aislarse de la civilización, le pregunté por qué había resuelto asentarse en una zona tan aislada. “Esto es precisamente lo que busco. Si fuese por mí, viviría en el desierto”, dijo. Tomándome del brazo me llevo al patio de su casa y señalando la colina que comenzaba a escasos metros del fondo, me dijo: “como ves, mi patio no tiene límites. Considero que esta colina me pertenece. Muchas tardes suelo escalarla y sentarme en una piedra, prender mi pipa y ver como cae el sol sobre el lago Nahuel Huapi. En primavera colecto con mis propias manos baldes de cerezas silvestres. Eso me hace feliz.” También me contó que una vez jubilado pensaba recorrer el país en tren, sin apuros y sin una idea específica acerca de dónde ir. Aún conservo la locura por los trenes, me dijo.

La despedida

Nunca me gustaron las despedidas, así que me levanté rápido y partimos. Me fui con la esperanza de volver a verlo, a pesar que la lógica me decía que eso era improbable de que ocurra. A fines del año 2013, cuando Editorial Hélice me envió algunos ejemplares de mi libro, busqué por internet la dirección de Daniel con el fin de hacerle llegar una copia. Estaba seguro que el gordo, sabiendo que lo había escrito su amigo, iría a leerlo con mucho gusto.

La búsqueda fue infructuosa, sin embargo, me enteré que hacía poco tiempo había sufrido un percance que lo habría de marcar por el resto de sus días: un paciente de 41 años se le descompensó en la salita y murió en sus brazos sin que él pudiese hacer nada. Sin un desfibrilador para reanimarlo ni una ambulancia para trasladarlo de urgencia a Bariloche, Daniel sintió que había fallado en su función. Ese hecho lo deprimió tanto que decidió dejar sus funciones y recluirse en su casa por un par de semanas. Cuando por motivos políticos se propuso trasladarlo a Bariloche, los habitantes de Dina Huapi hicieron una pueblada, cortando calles y juntando firmas para que su querido doctor vuelva a hacerse cargo de la sala. En reconocimiento a su trabajo muchos quisieron ponerle su nombre a la sala, hecho que él se opuso rotundamente. Háganlo una vez que me muera, decía.

A Daniel Dina Huapi lo despidió con sirenas y aplausos.

Dina Huapi despidió a Daniel haciendo sonar sirenas, con lágrimas y aplausos.

El mes pasado, en un segundo intento por conectarme con Daniel, me enteré que su corazón, tan grande como su propio cuerpo (según las palabras de los medios de comunicación), había dejado de latir el 26 de febrero del 2014. Dos meses más tarde, la salita a la cual le dedicó 24 años de su vida, recibía su nombre en reconocimiento a su honestidad y dedicación.

Leyendo los distintos artículos relacionados a su muerte me enteré que el gordo no acostumbraba a cobrar sus visitas, que respondía al llamado de la gente a cualquier hora y que cuando alguien con bajo recursos necesitaba un medicamento, él le daba el dinero de su propio bolsillo. Tampoco se negó a atender a sus pacientes aún en épocas de paro o cuando durante meses no recibía del gobierno el pago de su magro salario.También me enteré que el día de su entierro sonaron las sirenas de las ambulancias y del camión de bomberos, y que la gente lo despidió con aplausos. Cuentan que tantas personas quisieron despedirlo que el intendente del pueblo tuvo que alquilar un colectivo para alcanzarlas hasta el lugar del entierro.

Daniel Barabino no fue un héroe, sin embargo, fue un hombre quién por su honestidad, dedicación incondicional a sus pacientes y humildad, probablemente se haya colocado a la misma altura. No tuvo hermanos ni dejó vástagos (al menos que yo sepa) pero con su existencia nos dejó un claro ejemplo de que hay muchas formas de triunfar en la vida. Daniel optó el camino de la honestidad y el servicio desinteresado a su comunidad.

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4 comentarios en “El médico de los quince gatos

  1. Sandra, así es, sin embargo se puede decir que fue un médico que se destacó por haber tomado el juramento de Hipócrates en forma seria. Quienes pudieron ver su persona más allá de su apariencia, lograron darse cuenta de su gran valor como ser humano. De ahí la gran despedida que tuvo. Médicos como él hay muchos, pero no tantos como para cada uno de nosotros tengamos la oportunidad de conocer uno.

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